Carlos Guzmán
Entrevista


La bella mala historia

Por: Eduardo Jiménez
Fotos: Julio A. Alvite

Hay un tiempo, profundo e impredecible, que está fuera del tiempo. Es el tiempo de los sueños: desquiciadamente autónomo, donde no mandan el reloj ni los calendarios, ni sirven el cuenta millas, ni el altímetro, ni la brújula. En él no hay acusaciones de anacronismo, ni de irrealidad, ni existen problemas fronterizos, étnicos o religiosos. En sus brumosos talleres, toda la historia del hombre se muele y se reinventa a todo capricho, y la fantasmagoría y la verdad se diluyen para formar una homogénea sustancia efervescente que corroe la lógica hasta dejarla convertida en el más divertido y sarcástico polvo. Por allá dentro debe andar Carlos Guzmán jugando a congelar toda esa imaginería que se le va apareciendo, para traerla de vuelta.  

Una extraña calma parece imperar siempre en la mayor parte de sus obras. No hay pasiones extremas marcadas en los rostros. Se trata de personajes absortos en sus misteriosas ocupaciones, por momentos indiferentes y evasivos, a veces tristes, resignados. Muy rara vez se presentan desnudos; la sensualidad en ellos es pura incógnita a desentrañar, silencio cerrado de la carne. Llevan raras y coloridas vestimentas que aluden a épocas lejanas –presumiblemente medievales-, manipulan instrumentos al parecer salidos del laboratorio de algún alquimista, practican complejos actos de cirugía entre sí, se relacionan con insólitos artefactos, bestias y monstruos mitológicos. Una paz, monótona y algo angustiosa, rige el drama.

Es casi irresistible preguntarse cuánto tendrá que ver Guzmán –ese conversador sosegado y sencillo- con el sugestivo mundo de sus figuraciones. Su pintura, sus collages, sus dibujos, responden visualmente a los tiempos de la alta edad media, del renacimiento, del enciclopedismo, y se entrecruzan frecuentemente con los motivos mitológicos de las más ancestrales culturas. El “presente”, la “realidad”, lo “cubano” no son elementos visibles en su obra, deliberadamente atemporal, cargada de preocupaciones ontológicas.
“Es cierto que todo lo que hago es muy atemporal - dice Guzmán -, y que resume varios estilos; recuerda muchas épocas. Pero eso no me preocupa. Por el contrario, lo disfruto. Pienso que en parte eso responda a que soy un hombre de finales y principios de un siglo. Las personas que han tenido la dicha de vivir entre dos siglos, tienden a resumir épocas pasadas, mezclan muchísimas cosas, son presas de la nostalgia y de la incertidumbre a la vez; buscan mucho en el pasado, y le temen un poco a lo que vendrá. En mi caso además, es fruto de mi formación y de las influencias de lo que he estudiado.

“Creo que el hombre no es de una época específica y que debe recepcionar información de todo lo que ha vivido el ser humano, e inspirarse en eso. Incluso, no tiene que haber leído todo sobre la historia del hombre en una época determinada, porque pienso que parte de esa información también nos viene genéticamente; está en nosotros. En ese sentido somos como un gran archivo universal, y lo único que tenemos que hacer es sacar a flote toda esa información”.
“Con mi obra también trato de recrear todos mis sueños. Desde pequeño me ha fascinado leer novelas caballerescas; me gusta mucho el ambiente del renacimiento, y casi toda la literatura que leo guarda relación con esos mundos.”

-Alguien me comentó una vez que le encantaba tu pintura, pero que le faltaba “cubanía"; que lo mismo podría hacerla un inglés o un argentino, y que “igual estaría bien”. Lógicamente aquí habría que entrar a discutir sobre qué sería lo cubano en tu obra, y no sé si quieras hacer eso. ¿Pero sí desearía saber qué crees tú de esa opinión?

  Creo que en el caso del arte no se puede vivir obsesionado con ese tipo de cuestiones. Yo no puedo intentar condicionar lo que espontáneamente me fluye a un criterio fronterizo, para que se me considere de esta o de otra latitud o país. Yo también soy producto del devenir histórico del ser humano, del tiempo humano; y ese bagaje también es mi patrimonio, y juego con él como me plazca, como más natural me salga.

Algo de cubanía habrá en mi obra desde el primer momento en que soy yo quien la produce. Ahí están mi cultura, mi sentimentalidad, mi historia, es decir: mi autenticidad como persona. Y claro que eso no sucede en términos conscientes. No podemos olvidar que fuimos conquistados por los españoles, y de algún modo mi familia y yo también venimos y somos producto de aquel encontronazo cultural, de aquella mezcla.

Pero bueno, si esa cubanía de la que se habla no es visible en mi obra, tampoco tengo que andar justificándome, ni sintiendo vergüenza por tratar temas universales, propios del ser humano en cualquier lugar en que se encuentre.

-En otros momentos has dicho que el ser humano, en materia de pensamiento, todavía se encuentra en un estado medieval…

Sí, fíjate que no hemos rebasado la etapa del trueque, del interés extremadamente material que todavía rige las relaciones entre las personas. Todavía siempre hay que dar algo a cambio; es como un cobro constante, un pase constante de factura. Y los que tienen el poder siempre salen ganando. No sé, seguimos siendo muy medievales en el fondo. Me siento así. Hay muchos adelantos tecnológicos, y eso pareciera decir que por eso somos seres más civilizados, pero nuestras mentalidades funcionan en niveles atrasados. Hay mucho de oscurantismo todavía, de prejuicio, de miedos. Por eso siempre me han llamado tanto la atención las culturas orientales en el sentido de que tratan, sin tanta hipocresía, de elevar el espíritu, de emanciparlo, de liberarlo de ataduras terrenas. Y eso está en mi trabajo, donde manejo muchos elementos asiáticos para hablar de lo mágico, de lo espiritual.

-Resulta muy interesante que en Cuba exista una corriente dentro de la plástica donde se agrupan pintores que recrean desde diversas ópticas lo medieval. Algunos los han llamado neomedievales; otros, postmedievales. Pienso, por ejemplo, en ti, en Cosme Proenza, en Eduardo Abela Torras, en Roberto González. ¿A qué crees que se deba este fenómeno?

Creo que en el mundo occidental hay una vuelta a ese universo medievalista. Los pintores postmodernos imitaron y se inspiraron en culturas como la japonesa, se fueron a Tahití, etc. A lo mejor era un intento de aislarse, o de no vivir las crudezas de su presente. Podía ser que estuvieran buscando crearse una coraza, otro mundo, otra historia, aunque en sus obras partieran de elementos de la realidad que estaban viviendo.

Sucede también que en el medioevo, y también por eso me seduce tanto esa época, ocurre el desarrollo de la alquimia, y cobra gran fuerza la magia, que son elementos que incorporo con mucha frecuencia a mi pintura. Pienso que el Renacimiento -todo un universo al que de cierto modo también hay un regreso en la obra de los llamados postmedievalistas- fue como la cima de todo aquel mundo de experimentos y de búsquedas, aparentemente alejados de los caminos de Dios, que expresaban el espíritu renovador de una época y de ciertos hombres, y que fueron la base de toda una revolución en el pensamiento humano.

-Sí, ciertamente en ese llamado postmedievalismo hay también una recreación de motivos y de estilos propios del Renacimiento. O sea, que habría que reconsiderar mejor la etiqueta…

Bueno, eso ya es cuestión de los que trabajan con palabras. Yo no siento que pertenezca a ningún grupo o escuela en específico. Voy recreando los mundos que necesito y que me gustan para decir esto o aquello. Pero más allá de eso, y volviendo al principio, el Renacimiento fue el punto más elevado en cuanto a cultura, arte; fue un rompimiento muy fuerte, donde el hombre se encontró nuevamente a sí mismo; venció a las bestias; acabó con los monstruos medievales, con el oscurantismo; se encaminó al desarrollo de las máquinas. Fue cuando el ser humano se atrevió a soñar abiertamente, después de siglos de opresión mental y de miedo. Y mi obra tiene mucho que ver con eso; con ese enfrentamiento entre bestias, hombres, máquinas… El hombre creando y poseyendo la máquina, y siendo a la vez dominado por ella. Pero la máquina vista también no sólo como tecnología, sino como artefacto mágico, salido de los sueños del hombre. Me llama mucho la atención el poder de los sueños, y el poder que tienen los sueños además cuando se hacen realidad y comienzan a dominar, y pueden convertirse hasta en pesadillas algunos de ellos.

-Me decías que considerabas que podía haber cierto escapismo, cierta evasión… En el caso de tu obra ¿crees que haya igualmente cierta necesidad de evadir el presente? ¿Sientes que te proteges de algo?

Sí, creo que sí. Por lo general he tenido un carácter muy determinado a la hora de protegerme de aquello exterior que pueda dañarme a mí y a los que quiero. Por todos los medios trato de construir un universo que para mí es sagrado, en el que incluyo a mi familia; y trato de que siempre haya aires de bienestar, de concordia, aún cuando se esté pasando por una situación muy difícil y cuando el mundo exterior sea agresivo. Sin embargo, yo no vivo ajeno a lo que sucede en la realidad, aún cuando se diga que los Piscis siempre andamos por las nubes (sonríe).

-¿Y cuánto de medieval ves en Cuba?

¡Imagínate tú! Todo. Desde este calor infernal hasta… Pienso que es más bien el pensamiento. Las relaciones de las personas y cómo actúan en el diario. También en el hecho de ser tan grupales, en necesitar tanto del parecer de los otros para poder hacer algo. En tener que estar siempre tan volcados a la calle, tan expuestos y tan dependientes del qué dirán… No sé, la ropa tendida hacia fuera, los apagones que te hacen salir a la calle junto con los demás a coger fresco… es como si siempre se viviera en un barriecito, en una aldeita, donde siempre eres visible -muchas veces para bien y muchas para mal. No sé si todo eso tenga que ver con los huracanes, con este calor insoportable, con… ve tú a saber. Pero a la vez, somos muy fantasiosos; todavía creemos en brujas, en güijes, en hechicerías, en males de ojo… Y eso sí me gusta. Me gusta que vivamos todas esas mitologizaciones, que todo lo queramos resolver con un vaso de agua, con algo debajo de la cama o dentro del refrigerador, con cascarilla o cruzando los dedos…

-Es en el Renacimiento donde surge el término “humanismo” para referirse al regreso al ser humano como centro de sentido; era un concepto muy revolucionario en tanto quebraba la centralidad de Dios en la vida, y se cuestionaba los cultos idolátricos. Después, en la modernidad, vendrían a ser “la razón” y “la tecnología”, importantes motivos de culto. En tu pintura y en tu escultura hay un juego poético constante con las máquinas. ¿Cómo te llevas con la tecnología?
Yo no soy un adorador de la tecnología. Pero no deja de admirarme hasta dónde ha llegado el ser humano en el desarrollo de las máquinas: desde un auto hasta una computadora. Yo me relaciono con la tecnología por su utilidad, la pongo a mi disposición y no al revés. Sería un loco si negara todo ese adelanto. Pero creo que uno debe preocuparse, y mucho, por uno mismo, por su espiritualidad. Creo que aún cuando uno esté obligado a sentarse durante muchas horas diarias, por su trabajo, delante de una computadora, hay que tener un momento de reposo, de paz, de meditación; hacer espacio para encontrarse consigo mismo. El ser humano tiene una cantidad de cualidades y posibilidades que no las utiliza, y es producto de que vamos demasiado rápido por la vida, y no nos detenemos ni por un segundo a meditar en cómo nos sentimos de verdad, en cuáles son los verdaderos sentidos de la vida, ni a pensar en los que están al lado de nosotros, en cómo se están sintiendo, en qué le ocurre al universo, al mundo. De alguna manera la tierra está gritándonos y uno no se da cuenta de eso.

-Casi siempre los tonos y los colores de los fondos en tus lienzos, son oscuros, ocres, dorados cansinos. Crean una atmósfera de sueños viejos, algo tristes, melancólicos.

Yo intento atrapar la atención con elementos que son muy llamativos como los dorados, o el trabajo de los detalles, que parecen minuciosos pero que no lo son, sino que imitan la minuciosidad y están trabajados con desenfado. Es decir, yo no me detengo en hacer en realidad esas filigranas, sino que hago “manchas” que insinúan toda esa estética, esos elementos. Reconozco que es una especie de trampa que tiendo, porque son figuras hermosas, llamativas, pero que no cuentan historias bonitas. Y bueno, de algo tengo que valerme. Y eso mismo me ocurre a mí con Pedro Pablo Oliva. Todos sus personajes, salidos de sueños, son hermosamente trabajados; hay en ellos como una belleza ingenua, infantil, pero lo que me viene encima cuando veo sus cuadros es como un tremendo puñetazo. Es una obra sumamente fuerte.
Hay a quienes no les gustan los dorados. A mí me fascinan porque han estado muy presentes a lo largo de la historia del arte, y del arte decorativo. Y aún cuando se crea que son agotadores, para mí cumplen una función fantástica.

-Por cierto, con mucha frecuencia se suele utilizar, cargado de un matiz crítico y desautorizador, el término “decorativo” para referirse a cierto modo de hacer pintura o escultura. ¿Cuál es tu opinión?

 

Yo soy defensor del arte bien hecho; y claro que puede ser un arte hermoso, agradable a la vista, y no por eso concesivo. El criterio de que lo vanguardista o lo disruptor tiene que ser feo, me parece un criterio un poco pobre y sectario. Si es buen arte, y además cumple una función decorativa, ya se trate de una obra más agradable o más chocante, me parece fantástico. No hay un solo tipo de estética, y en todas hay buen arte y arte malo. Yo no rechazo ninguna posición. Hay quien le teme a los colores, a las texturas, al trabajo de detalles, a la figuración… Yo no entiendo eso. El arte es válido siempre que sea bueno, en la vertiente que sea. Si uno se guía por ese tipo de criterios un poco dogmáticos, no tendría razón de ser un museo de artes decorativas, ni se apreciaría el arte japonés, ni buena parte del arte europeo.

-Hablando de esas atmósferas oscuras y un poco lúgubres que hay en tus telas, recordé que en una entrevista habías dicho sentirte discípulo de Antonia Eiriz, una gran pintora cubana, muy apegada también al uso de atmósferas oscuras. Se trata, obviamente, de obras muy distintas, pero ¿qué admiras de Antonia Eiriz?

A Antonia la veo como a una mujer que volcó toda su alma, su espíritu, su fuerza en la pintura. Y eso se siente. Lo que yo busco cuando aprecio una pintura es precisamente eso, ver un trozo del alma del que la hace, un trozo de alma que me estremezca. Y eso me ocurre con ella. Aunque sea en un dibujo, me deja sin habla, me da por qué preocuparme. Me entran deseos de conocerla más, porque me intriga poderosamente, porque me pone a pensar en qué podía estar sintiendo esa persona cuando dibujó o pintó eso. Y eso también me ocurre con Acosta León, a quien también admiro mucho, pero con Antonia Eiriz me sucede más. De Acosta León me seduce mucho su tratamiento de las maquinarias, de los juguetes rotos en los rincones, me gusta ese detenimiento suyo en las cosas aparentemente prescindibles o poco importantes, comunes.

-¿Te gustaría que algún día hubiera en Cuba una galería que llevara por nombre Antonia Eiriz?

Sí, mucho. Creo que se le debe. Fue una mujer con mucha dignidad, que supo crecerse ante lo adversa que le fue su época. Y fue alguien sumamente humilde que, ante la incomprensión y el tener muy poco espacio para la promoción de su pintura y de sus dibujos, optó por enseñar a los niños de su barrio, el Juanelo, a trabajar el papier maché, algo tan noble y primario si se quiere en materia de artes plásticas. Yo tuve la oportunidad de ir a un curso de papier maché con ella, y lamento haber ido sólo tres veces porque no me gustó. Después, ya un poco mayor, me enteré de que aquella mujer era Antonia Eiriz. Recuerdo que mi mamá fue quien me llevó aquellas tres veces. Yo era muy niño todavía. Eso lo he estado lamentando cantidad. Hoy por hoy no sé hacer papier maché, y las veces que he tenido que hacerlo lo he hecho bastante mal. Cuando estaba en la escuela elemental de arte nos ponían a hacer las cabezas de los muñecones de los carnavales y era un desastre. Pero respeto mucho ese arte, y sobre todo el hecho de enseñar en comunidades. Yo impartí clases en Campo Florido, y me di cuenta de que el trabajo de extensión comunitaria era muy importante y de que había profesores con mucho talento enseñando en rincones apartados, en modestas casitas de cultura. Eso me ha parecido siempre muy dignificante. Creo que para Antonia Eiriz aquellos fueron momentos duros pero también la veo sintiéndose feliz por lo que hacía en su comunidad. No dejó de ser por eso la inmensa pintora que fue y que es.

-Algunos críticos consideran que la plástica cubana vive una década de crisis. Piensan que después de los 80 la obra plástica en Cuba ha perdido fuerza expresiva, y que se hace un arte más concesivo. ¿Cuál es tu opinión?

No sabría responderte eso. En mi caso, yo pintaría lo mismo ahora que en los ´80. Si me hubiera tocado vivir esa época, jamás hubiera hecho –por vanguardista que quisiera ser- una obra donde dijera: “Se acabó el arroz”, porque esa no es mi naturaleza. Es decir, me preocupan otras cosas. Yo soy feliz sin comer arroz; me da igual si se va la electricidad.  


Conozco muchos artistas, y están haciendo cosas muy interesantes, cada cual en su estilo y en sus temáticas. Ciertamente no veo un gran movimiento de ruptura, pero eso no tiene por qué ser sinónimo de crisis. De todos modos no soy un historiador del arte, y esas no son cosas que me preocupen. Independientemente de todo el talento que se juntó en los ´80, creo que en ese boom que experimentaron las artes plásticas fue determinante el trabajo de promoción que hicieron las galerías y personas como Marcia Leyseca. A mí me tocó vivir aquellos momentos siendo un adolescente, un estudiante. Pero sí recuerdo que se inauguraban exposiciones constantemente, y que la gente tenía la información y muchos deseos de ir a ellas. Se había logrado cultivar un gran público. Pero ese no es el caso de hoy. No sé, tal vez sea un problema de transporte …

-Muchos de los admiradores de tu obra sienten un especial apego por tus dibujos. Sin embargo, hace buen tiempo que no expones trabajos de ese tipo. ¿Por qué?

Bueno, siempre estoy haciendo los collages. Y eso, en cierto sentido, me hace ejercitar el dibujo. Pero es verdad que hace tiempo no hago dibujo puro. O mejor, lo hago muy esporádicamente. Hace poco, por ejemplo, hice una serie de dibujos que era una especie de bestiario. Hay quien me ha dicho que yo dibujo mejor que lo que pinto. Sin embargo, a mí me complace más pintar.

También sucede que el mercado es poco agradecido con el dibujo. No sé por qué razón se tiende a valorar más el trabajo en lienzo, con óleos y acrílicos, que el dibujo. Sin embargo, creo que el dibujo es igual de trabajoso, y a veces más. Puede ser que se deba a que el lienzo es más perdurable, pero una cartulina bien protegida puede durar lo mismo.

-¿Por qué desarrollaste tanto el collage? ¿Qué te aportaba? Sin dudas esa ha sido una etapa importante en tu obra.

Los collages me divierten mucho. Y creo que eso me viene de la infancia. Es un trozo de paraíso que por fortuna no he perdido. Recuerdo que en la escuela los profesores me regañaban constantemente porque me ponía a reilustrar los libros de zoología, de anatomía, de historia. Sobre las figuras impresas iba yo haciendo las mías, y creaba mis propios animales, mis propios monstruos. Siempre es muy tentador poder transformar las cosas, unir elementos que aparentemente no tienen asociación posible, y buscar por esa vía nuevos sentidos, o decir las mismas cosas de siempre pero de otro modo. Hacer collages es como un juego donde me siento muy libre, donde las reglas las pongo yo.

-Alguien dijo que los hijos suelen parecerse más a sus tiempos que a sus padres. ¿Cuánto crees que se parezca tu pintura al tiempo en que vives y las creas?

Me parece que vivimos en un universo un poco incierto, gris… Es un universo temeroso, de muchos enfrentamientos, donde lo humano no es lo que prima, y por eso pienso que la luz puede estar en la gente. Ya hemos hablado de que en mis trabajos prima una atmósfera bastante oscura, y que en ellos la luz pareciera salir de los personajes –o al menos eso intento. Algo similar sucedía con los pintores del barroco, con aquellos ambientes cerrados que eran iluminados por un halo que no se sabe bien si salía de los personajes o si se trataba de una misteriosa luz exterior. A mí se me ocurre más que aquellos seres irradiaban esa luz.

-El mundo interior del ser humano. Esa parece ser una constante temática en tu obra. ¿Cómo definirías el mundo interior de Carlos Guzmán?

Yo me veo en cada uno de mis personajes. Creo que soy un poco cada uno de ellos, o que estoy en sus mismos ambientes un tanto sombríos y melancólicos, o que en ellos hay partes de mí como mi hija, por ejemplo, en el caso de esos personajes que parecen bailarinas –por cierto, es el único momento en que logro verla tranquila, y tenerla todo el tiempo, verla todo el tiempo.

-¿Cuál es el mayor miedo tuyo que hayas pintado?

Una pesadilla que tuve cuando niño y que fue recurrente durante años. Aquel mal sueño lo pinté para exorcizarme un poco, al igual que un episodio lamentable, un suicidio, que prácticamente presencié. Fue algo que me impactó mucho. Uno de esos cuadros lo hice para una exposición que se llamó “Las cataratas de Saturno”, y el otro lo tiene un amigo mío.

-Si no es mucho inmiscuirse, ¿qué sucedía en aquella pesadilla?

No, en lo absoluto. Yo vivía, cuando niño, en un apartamento pequeño, muy cerca de aquí. En aquel sueño yo entraba al apartamento corriendo, y me escondía de un amiguito mío detrás de la puerta del cuarto. Era una puerta rosada. Ahí me quedaba, esperando a que me descubrieran, y me pasaba un rato mirando por una hendija, y lo que se veía eran los mosaicos del piso, que era de fondo beige y los dibujos en rojo. Recuerdo que me entretuve mirando aquellas formas, y de pronto sentí que venía el amigo mío. La puerta comenzó a abrirse, pero quien me descubría no era mi amigo, sino un terrible monstruo. Aquella pesadilla me estuvo saliendo en los sueños por mucho tiempo. Incluso, cuando jugábamos a los escondidos, a mí me daba miedo esconderme, y antes de que me descubrieran yo salía sugestionado del rincón o de donde estuviera. Por eso siempre me cogían.

-¿Y el que hiciste acerca del suicidio?

Yo estuve un tiempo preparando mi tesis de grado en el Hospital Psiquiátrico de La Habana. Allí los enfermos mentales tienen varios espacios para trabajar. Unos se dedicaban a bordar, otros a pintar y a hacer cerámica. Al lado de esa área estaba la carpintería, donde otros enfermos hacían sogas, palitos de tendedera, lijaban maderas, pero se cuidaba siempre que no pasaran a la parte donde estaban las herramientas peligrosas como las sierras, los serruchos, los martillos. Aquella parte siempre permanecía cerrada para ellos. Allí sólo trabajaban empleados del hospital, nunca pacientes. Pero una mañana, muy temprano, uno de los enfermos descubrió que el taller se había quedado abierto. Encendió la sierra eléctrica y metió la cabeza, de frente, contra la hoja de corte.

Aquello fue una impresión muy fuerte para mí. Hice un cuadro que era un hombre con la cabeza dividida a la mitad, y de ella salían unas flores o unas hojas raras. A uno de los lados de aquella cabeza, pinte a una mujer a escala pequeña con una sierra entre las manos.

-¿Qué crees de la locura?

Cuando pienso en la locura siempre termino preguntándome hasta dónde los “normales” somos tan normales, en cuánto de locura hay en cada uno de nosotros. Me intriga mucho lo que hay dentro de nuestras cabezas, lo que hay detrás de muchos comportamientos aparentemente normales que en el fondo encierran alguna patología. Cuando yo salía del Psiquiátrico, y miraba el comportamiento de la gente en la guagua, en la calle, los malos humores, las malas caras, los malos tratos, sentía que el Hospital comenzaba justo cuando salías de él. Era muy contrastante, porque dentro, veía actos de solidaridad y de comprensión constantes entre los enfermos mentales. Pero claro, esos eran pensamientos de adolescentes.

Es muy interesante, y a la vez triste, ver cómo una persona se conecta de pronto con otra realidad que sólo existe en sus fascinaciones, y comienza a hablar con gentes que no están, pero que existen ahí, en su cabeza. O verla cómo se implica a fondo en una situación que sólo transcurre en su mente.

Yo tuve a una tía, a la cual quise mucho, que enfermó de los nervios cuando yo era pequeño. Todo aquello me dejó un regusto muy triste. Mi madre, que la quería mucho, me recordaban a cada rato que no debía acercármele demasiado porque podía hacerme daño: “¡Carlos, ven para acá!”, “¡Carlos, no te sientes ahí!”. No era agresiva, pero muchas veces la tenían que sentar en una silla y sujetarla con unas bandas de tela para evitar que se levantara, porque si lo hacía podía darle por salir a caminar y no parar hasta El Cotorro. Recuerdo que una vez le dio por planchar y planchar y planchar, y la gente muchas veces abusaba de ella, y le traían bultos de ropa inmensos porque lo hacía por locura, no por dinero.

Mi tía Fidelina se volvió loca cuando conoció que el hombre con el que mantenía una relación, y del cual estaba muy enamorada, era un hombre casado. Eso lo hace pensar mucho a uno, porque es una muestra de cómo una “mínima cosa” puede hacerte saltar a otro mundo y desconectarte de la realidad; y también de cómo la estupidez humana puede hacer que algunos se burlen de esas desgracias, cuando la frontera que hay entre la realidad y la locura es tan frágil. También creo que los seres humanos dejamos de hacer otras “mínimas cosas” capaces de alegrar a los demás, de salvarlos –aunque sea por unos minutos-, de la soledad, de la tristeza, del aislamiento.

-No creo que tu reflexión sobre la locura sea tan adolescente. ¿Cuál sería tu reflexión “madura” sobre la realidad?

Yo creo en otras realidades, en otros universos, en otros mundos. Y me parece que la realidad es bella si uno la hace bella. Si uno deja que otras personas sean las que le modelen la realidad a uno, y nos la conviertan en algo desagradable, entonces resulta una tragedia. Mucha gente vive en realidades que les modelan, y de ahí esas grandes dosis de infelicidad y de incompatibilidad. Pero si uno es consciente de eso, ya tiene ganado un trecho en el camino de construirse su propia realidad, según las mejores cosas que uno tiene, a veces dormidas o reprimidas, en su mundo interior. Por eso sólo creo en esas realidades en las que el ser humano participa conscientemente para modelarlas, y en la capacidad que se tiene para transformar energías negativas en positivas.

Me sucede con frecuencia que cuando llego a un lugar, o me encuentro en una situación, que están cargados de energías negativas, los aprovecho para revertir ese signo. Por ejemplo, en mis cuadros hay una gran cantidad de historias que reflejan situaciones y momentos nada buenos, que son recuerdos o conversaciones o cosas que han sucedido que son malas, pero trato de darles un halo de misterio y de belleza, y al final aquella mala historia logro convertirla en algo bueno, en poesía quizás.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 
 
 

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