ENTREVISTA

"La Habana en sepia "
Por: Eduardo Jiménez (editor de www.galeriascubanas.com , periodista, crítico y curador)

Fotos: Julio Antonio Alvite

 
  Ya estaba harto de la “ciudad bonita”. La suya, precisamente por amarla, no podía ser esa Habana light y folclorista de la iconografía publicitaria, experta en trivializar el verdadero drama. Por eso, maniobrando entre el abstracto y la figuración, José Omar se sacó de adentro su ciudad y la compartió sin espanto ni concesiones. Ciertamente nos la ha devuelto un tanto lóbrega, velada y densa, fajada por el mar, sensual y convulsa, erizada de lanzas que la atraviesan y a la vez la defienden. Pero con sus “Variaciones en sepia” --serie expuesta en la galería Havana Club--, José Omar no ha hecho más que quitarse el sombrero y apretárselo contra el pecho para hacer su muy personal reverencia a la hermosa ciudad que habita.
 
 


Cuando comenzó a trabajar en sus “Variaciones…”, pensó que esas obras no alcanzarían su máximo sentido si no se exponían en La Habana. “Yo no quería irme con todos esos lienzos fuera de aquí –cuenta José Omar- si no eran apreciados primero por la gente de mi ciudad. Todo lo hice pensando mucho en nosotros, en nuestros problemas, en cómo se nos ha ido afeando el fantástico espacio donde nos tocó vivir . Nuestra ciudad es el gran contenedor de nuestras esperanzas, de nuestras vidas, de nuestros deseos, de nuestras miserias… Ella lo ha visto todo. Lo sabe todo. En cierto sentido el deterioro que ha ido acumulando también es el reflejo del deterioro de su gente. Y grandes inyecciones de dinero podrían arreglar todo lo exterior, pero aquello que se nos fue gastando dentro es más difícil de restaurar.”

--¿Por qué el sepia para expresar tu Habana?

-- Los sepia son colores un tanto dramáticos por la nostalgia que evocan. Y quería lograr una atmósfera que nos sensibilizara con la necesidad de defender a la ciudad y a su historia. Creo que vivimos momentos difíciles no sólo en Cuba, sino en el mundo. La especie humana está bajo graves peligros, incluso el de la extinción. O sea que, siendo optimista, podría decirte que nuestra realidad no es rosa; es muy sepia.

-- Para muchos conocedores, “Variaciones en sepia” significa un salto expresivo importante para tu obra. Creen que te ha permitido soltar las amarras, los lastres…

--Yo también lo creo, y tiene mucho que ver con lo anterior. El sepia es un recurso que está en función de la síntesis que yo quería lograr. El hecho de haberlo llevado todo a una sola gama hizo que predominara visualmente el dibujo. Logré supeditar el color a la fuerza expresiva del dibujo. Y además, logré sintetizar el dibujo mismo. Era precisamente el exceso de color lo que no dejaba a mi obra estar bien consigo misma, ni a mí conmigo mismo en los últimos tiempos.

--¿Cuándo te diste cuenta de eso?

Yo tuve el privilegio de tener a Antonia Eiriz como profesora. Recuerdo que llegó un día a mi mesa y me dijo: “A ti lo que hay que hacerte es quitarte el color. Por eso vas a trabajar con paleta limitada”. Aquello significaba trabajar sólo con blanco, rojo, verde y negro. Fue un sabio “castigo” el que me puso Antonia, porque así aprendí a ver los grises. Me enseñó que los grises existían.

Esa enseñanza la apliqué para el grabado, que ha sido lo que más he hecho. En el grabado no utilizaba casi los colores: todos eran sepias, ocres, sienas. Sin embargo, en lo que pintaba sí seguía dominándome el color. En la preparación de esta muestra, el criterio de Antonia coincidió con el de David Mateo. El fue curando esta exposición mientras yo la iba haciendo. Esta vez fue David quien me hizo ver que aquellos cuadros con más predominio del color perdían fuerza ante los que yo había hecho sencillamente en sepia.

 
 

 

--A propósito de Antonia Eiriz…. Las referencias a su obra son cada vez más constantes y sentidas. Me parece que ahora se comparte más úbplicamente el homenaje íntimo que críticos y artistas siempre le rendían.


 
 

--Antonia Eiriz fue la única de su generación que pudo superar a la
Vanguardia misma, por su aporte trascendental en materia expresiva.Lo que hizo fue sumamente revolucionario. Y lamentablemente apenas se habla de ella. Pero lo cierto es que hoy los jóvenes van al Museo Nacional de Bellas Artes y se quedan boquiabiertos ante la fuerza de las pinturas de Antonia, con justo encanto la admiran. Cuando uno conoce las condiciones y el contexto en los que realizó toda esa obra; con qué esfuerzo, con qué empuje, con qué honestidad tan grande, no queda más remedio que sentirse maravillado.

--¿Y además de la “existencia de los grises” qué aprendiste con Antonia?

--Recuerdo que Antonia mandaba unos ejercicios que consistían en hacer collages, para que después los reprodujéramos a través de la pintura. Ella iba pasando silenciosa, puesto por puesto, para ver cómo estábamos haciendo aquello. De pronto le digo: “Profe, ya terminé”. Antonia vio mi ejercicio, y me dijo: “Vuelve a hacerlo”. ¡Cogí un berrinche con aquello…! Pero me estaba queriendo decir que uno nunca puede casarse con la primera opción; que todo había que pensarlo más antes de darlo por terminado.

Y bueno…, con Nelson Domínguez, que era el alumno ayudante de Antonia (su alumno predilecto de hecho), también aprendimos mucho a pesar de ser muy joven por aquel entonces. Igualmente tengo una imagen muy viva de la relación tan provechosa que llegamos a tener con Servando, a pesar de que cuando entramos a la Escuela él ya no era profesor.


--¿Y con Servando Cabrera cómo te relacionaste? ¿Qué aprendiste?

--Aquello más bien era una relación de un grupo de alumnos con él, pero fuera de la Escuela. Para comenzar, lo admirábamos mucho como pintor; y en las aulas, además, se hablaba de él todo el tiempo. A la gente le había molestado mucho que a Servando lo hubieran expulsado de allí por homosexual (aquellos fueron años raros e innaturales). Entonces, hasta por una cuestión de irreverencia, todos queríamos conocerlo. Pero fue una enseñanza capital. Con él aprendimos hasta la preparación de las telas, algo que ya no se enseñaba.

Servando era amigo de mi padre porque habían estudiado juntos en la Escuela de San Alejandro. Recuerdo que a todos los alumnos de mi año nos llevaron un día a pintar en el zoológico, y allí coincidimos con él. En ese momento aproveché para presentármele valiéndome de la amistad que había tenido con mi padre. Ahí se me abrieron las puertas. Íbamos todos los sábados a su casa para verlo, conversar, y para llevarle materiales, fundamentalmente tubos de óleo. Él nos daba los tubos vacíos y le llevábamos los llenos que pedíamos en el almacén de la Escuela. Por supuesto que jamás decíamos que eran para él.

 
 

 

--Hace relativamente poco tiempo que comenzaste a dedicarte de lleno a la pintura. ¿Por qué no lo habías hecho antes?

 
 


-- En la Escuela de Arte escogí hacer el último año como grabador. Aquella relación con las máquinas, con las estampas, me fascinaba. Además, me gustó mucho ser alumno de Luís Miguel Valdés. Era la época de esplendor del Taller. A él asistían habitualmente Zaida del Río, Choco, Rafael Paneca, Manuel Castellanos, Leonel López Nusa, Enrique Pérez Triana, Roger Aguilar, Nelson Domínguez, Tomás Sánchez…. Allí me permitieron imprimir, y me dieron un espacio para trabajar. Estuve grabando sistemáticamente hasta el 78. Después desaparecí para construir un edifico en Alamar. El clásico problema de la vivienda.

Durante casi todos los años ochenta me dediqué a dar clases de pintura a niños en la Casa de la Cultura de Plaza. Eso me encantaba. Trabajaba en la construcción de 7 de la mañana a 6 de la tarde, y de 7 a 11 de la noche estaba enseñando a los muchachos. Fueron años duros no sólo por la construcción, pero mejor hablar de eso en otro momento. Ya en los 90, casi por azar, me hacen director del Taller Experimental de la Gráfica, en La Habana Vieja. Allí volví a emprenderla con el grabado, hasta que en el 2001 me monté un caballete en la oficina y dije: ¡A pintar! Y aquí me ves…

JOSÉ OMAR EN SEPIA

José Omar nació en Matanzas pero se siente habanero. “Yo mismo me di el título” --dice risueño. Necesita tanto del silencio como de la tranquilidad para crear, pero también depende “de los tremendos ruidos de esta ciudad”. “Soy muy citadino. Estoy aquí desde los tres años; aquí me formé”.

 
 

--¿Has pintado a Matanzas alguna vez?

--Creo que alguna vez hice un paisaje de la bahía de Matanzas, que es mi pueblo. Pero no le he dedicado mucho de mí, realmente. Hace poco, mientras trabajaba en mis “Variaciones…” me dio un ataque de añoranza, de nostalgia y llevé a mis hijos a conocer el lugar donde nací. Será que me estoy poniendo viejo.

 
 


--¿Será que te estás poniendo sepia?

--Sí, puede ser. Cuando comencé a trabajar las obras de esta exposición, pensé mucho en mis padres. Incluso, fui a ver cómo mi viejo (*) había utilizado los tonos sepia en su pintura, y estudié cada obra de él. . Su obra era eminentemente figurativa, y yo –aprendiz al fin, queriendo experimentar antes de haber aprendido bien- lo criticaba y discutíamos mucho sobre todo aquello. Hoy tengo obras de él que me gustan mucho; las disfruto. Cuando pequeño yo me ponía a verlo trabajar en su estudio. Él se me quedaba mirando y me preguntaba “¿Qué tu haces?”, y yo le respondía: “Estoy mirando”. De pronto me cogía por la mano y me decía: ”Ven, ven y mancha un poco.”

--¿Qué parte de La Habana es la que te inspiró con más fuerza para hacer tus “Variaciones…”? ¿En qué barrio sueles pensar más cuando pintas?

--Yo viví mucho tiempo en Centro Habana. Y esa es la Habana de estos óleos, la de mi tránsito diario en bicicleta durante aquellos duros años 90. La fui viendo demacrarse año por año; y vi también cómo se deterioraba la gente, su conducta, su estar. Para mí Centro Habana es más bella que La Habana Vieja: sus trabajos de herrería, sus fachadas llenas de ingenio, de eclecticismo. Y esa parte de la ciudad todavía está ahí, a punto de borrarse si no hacemos algo rápido por ella.

 

 

(*) Daniel Torres Font: pintor, dibujante y diseñador escenográfico. Nació en Matanzas el 4 de febrero de 1923. Cursó estudios en la Escuela Nacional de Bellas Artes San Alejandro, en la Universidad de la Habana, y en los Estudios de Televisión en México. Participó en múltiples exposiciones nacionales e internacionales, en las que obtuvo varios premios y menciones. Murió el 8 de octubre de 1989.


 

 

 
 
 

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